La cabra montés

En un lugar del Valle podemos encontrar, si tenemos un poco de paciencia a éste animal. Este lugar es la Reserva Nacional de Caza de la Muela de Cortes. Cuenta con una superficie de 36.009 ha, repartidas entre los municipios de Bicorp, Cofrentes, Cortes de Pallás, Jalance, Jarafuel, Millares y Teresa de Cofrentes. En ella conviven tan agustico con sus primos los muflones, y con otras especies prioritarias como el gato montés, el águila calzada, el águila perdicera y el halcón peregrino entre muchos otros.

Yo suelo ir a buscarlas. No es difícil encontrarlas por la mañana y al atardecer cerca de los cortafuegos, a los que se acercan a comer en sus horas de máxima actividad. Tan sólo me subo al coche, acompañada por alguien que conduzca, desenfundo mi arma y espero tener suerte. Me mantengo tensa todo el trayecto, conteniendo la respiración asomada a la ventanilla, mirando hacia un lado y hacia otro del camino, esperando percibir cualquier movimiento, con el dedo preparado para disparar.

A veces hay suerte. Hoy quiero enseñaros algunas de mis capturas.

Y otras veces hay mucha suerte y puedes encontrar un precioso muflón como éste.

El muflón se distingue de la cabra montés por la mancha blanca en forma de silla de montar que tiene en el lomo, en el caso de los machos, y en el caso de las hembras por la ausencia de cuernos. Se trata de una especie originaria de algunas islas mediterráneas, que fue introducida en la península en los años 50 con fines cinegéticos, al contrario que la cabra, autóctona de la península ibérica, de aquí de siempre.

En común tienen el sitio en el que viven, los cortados por los que trepan, las plantas que comen, el agua que beben, y en común lo tienen también con nosotros.

Incendio Cortes de Pallás

Todos tenemos en nuestros corazones el recuerdo reciente de los días en los que se quemaban nuestros bosques. Un incendio imparable que arrasó 28.643 hectáreas, no quiero redondear en la cifra porque no quiero olvidar ninguna.

Hace unos días visité la zona, en compañía de uno de los brigadistas que participaron en las tareas de extinción del incendio, Pedro “El Palas”. Mientras me enseñaba la zona recordaba la impotencia que vivieron durante la extinción del incendio,

aquello era imparable, ardía cómo la pólvora

repetía. Me condujo desde Jarafuel hacia la muela de Cortes, pasando por la Cañá de Abajo y subiendo tomamos dirección Otonel. Antes de llegar a esta aldea nos encontramos con las cenizas, estaba quemado incluso más allá de dónde alcanzábamos a ver, y entre tanta desolación descubrimos que allí había vida de nuevo. Era pequeñita y frágil, pero luchaba por volver a impregnarlo todo de verde, de esperanza y de alegría. Volví a casa con una pregunta en la mente, ¿y ahora qué?…

Lo primero que se nos pasa por la cabeza, es repoblar (¿os acordáis cuándo nos llevaban con el colegio el día del árbol a plantar pinos?), es la opción más evidente, volvamos a poner árboles. Esto es un error, una “aberración técnica” consideran algunos ingenieros de montes. Hay cosas más importantes por las que preocuparse antes.

El problema principal al que se enfrenta una zona quemada es la pérdida de suelo, tras el incendio su estructura queda muy debilitada y aparece el riesgo de erosión. Cuando no hay plantas cuyas raíces sujeten el suelo, su superficie es arrastrada por el viento o las lluvias y en ocasiones puede aparecer la roca o material originario que hay debajo, lo que supone que las plantas ya no puedan enraizar sobre él y la zona sea de muy difícil recuperación.

Científicos y ecologistas piden un estudio que evalúe en detalle los impactos producidos para poder actuar de manera concreta en cada zona y no indiscriminadamente, por razones políticas o presiones sociales.

En cuanto a la repoblación, hay que tener en cuenta que los ecosistemas mediterráneos están adaptados al fuego, éste supone un mecanismo natural de renovación del bosque, las especies vegetales que se encuentran en la zona, como las encinas o el pino carrasco, son especies pirófitas con adaptaciones específicas para obtener ventajas de él, por lo que algunos expertos aconsejan dejar que la zona evolucione durante un tiempo considerable e intervenir después, mediante tareas de repoblación concretas, sólo dónde no se haya regenerado con éxito. Esta regeneración natural tendría un coste mínimo y es mucho más conveniente para conservar la diversidad genética del bosque.

Los científicos del CIDE se atreven a darnos una fecha de recuperación de la zona, basándose en las características del ecosistema y en el tiempo que tardó en recuperarse de los incendios de 1994, 20 años…

…20 años son muchos años para estar sin bosques.

Queremos agradecer desde aquí a Pedro por mostrarnos y compartir con nosotros su experiencia y conocimientos sobre el monte, y por supuesto también a todas las personas que participaron en las tareas de extinción, brigadistas, bomberos y voluntarios, por su trabajo y esfuerzo en este incendio y en los que cada verano amenazan nuestra verdadera riqueza, la de nuestros bosques. GRACIAS.

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